Ella es una mujer atrayente, hermosa sin dudas, de piel blanca, ojos color miel, mirada ausente, cabello castaño, figura estilizada, labios rosados, de voz áspera y esquiva.
Se llama Anabel y prefiero no aludir su segundo nombre, ya que seria su primer defecto. Tiene veinte años, como yo, aunque ella es algo mayor por unos cuantos meses y eso la enaltece y al mismo tiempo la angustia. Me encanta su imprudencia y su osadía, le divierte infringir las reglas, pero más aun si es conmigo, yo trato de no hacerlo, trato de ser un hombre cortés y educado, pero me he dado cuenta que soy vulnerable a ella y termino siempre complaciéndola.
Le encanta decirme niño, y a mi me encanta que me lo diga, le fascina hacerme bromas maliciosas, encuentra en ellas una convivencia entretenida. Anabel y yo estudiamos (o eso aparentamos) en la misma universidad.
Tomando un café, en nuestro tiempo libre, me cuenta que alguna vez fue una mujer adinerada, odia hablar de eso, pero yo le he inspirado cierta confianza, que por fatalidades e imprevistos la empresa de su padre se fue a la quiebra. – Fue horrible. Me dice ella, mientras baja la cabeza resignada. – Perdimos propiedades, la casa en la playa, los autos, mis padres siempre discutían, estuvieron a punto de separarse, fue horrible (ella siempre termina todo lo referente a la empresa de su padre con esa frase). – Y por eso aquí me tienes. Me dice mientras me regala una sonrisa tímida y se acomoda su liso flequillo.
Es ahí donde llego a la irónica conclusión que ella está aquí porque la empresa de su padre quebró, y yo, porque a mi padre le dieron un ostentoso ascenso en el empleo.
Ella siempre llega a la universidad en un auto del año de lunas polarizadas, su padre siempre la trae y la recoge, parece siempre llevar prisa, se despiden con un beso entrañable.
Yo siempre llego a la misma universidad en un vertiginoso y desenfrenado bus (y cuando digo desenfrenado, es porque aun dudo que tenga frenos), al cual me deberían pagar por subir, tengo que lidiar con los acalorados pasajeros, soportar a uno que otro afónico cantante improvisado, que a cambio de un recital te ofrece caramelos de colores, resistir las deprimentes bromas de un comediante frustrado que con el mayor de los descaros no vacila en burlarse de los irritados viajeros y, que al final de su transportable show les pide una colaboración por burlarse de ellos.
A Anabel le encanta escuchar el heavy metal en su iPod nano, siempre agita su cabeza como si la banda estuviese dentro de ella y genera una cierta atmosfera misteriosa.
Me muestra las fotos de tipos desmelenados de atuendo oscuro, siempre me repite los nombres de esas bandas (todas en ingles), que soy incapaz de memorizar, talvez porque dicen improperios que no entiendo, o simplemente porque no me interesan.
A Anabel le encanta escuchar también el reggaeton, a esos tipos de aspecto bellaco y castigador, que se soban la entrepierna algo encorvados y acomodan, en sus cabezas rapadas, una gorra de béisbol, y que a diferencia de los del heavy metal (que también le gustan), dicen sus improperios y obscenidades en un tono “activao” (porque no pueden decir activado) y con un estilo boricua.
También le agradan las tonadas románticas de Juan Luis Guerra y es ahí donde sospecho que detrás de esa niña orgullosa y distante se esconde una mujer llena de emociones furtivas, tierna y suave, sensible y reservada, bella y herida.
Yo odio el heavy metal, odio el reggaetón y odio a Juan Luis Guerra, me generan cierta desconfianza, pero tratándose de Anabel, estoy dispuesto a soportar los alaridos de unos desmelenados, los improperios de un tipo de camiseta holgada y a filosofar o discurrir con unos peces en una pecera. Todo sea por Anabel, todo sea por descubrirla, todo sea por ella.
Ella tiene un novio. Martín. Poco agraciado y controlador, no le gusta hablar de él, no le gusta hablar de él conmigo, se limita a decirme que están bien y a contestar de mala gana el celular cuando él la llama para preguntarle donde está, con quien está y que hace ahí.
Ella tiene un novio y yo tengo muchas novias, el detalle está en que ellas aun no saben que son mis novias y creo que es mejor que no lo sepan, creo que es mejor así.
Salimos de la universidad a caminar sin rumbo alguno, llegamos a un parque donde encontramos sosiego, nos sentamos en unas bancas de madera, contemplamos la mañana, nos descubrimos, reímos, jugamos, todo es perfecto, todo es perfecto con Anabel. Se recoge el cabello delicadamente, descubre su cuello, es hermosa, tan hermosa que no puedo dejar de contemplarla, es un momento de pocos que nunca olvidaré.
En el gras hay un pequeño regadío que nos rocía a penas con sus aguas salpicantes sentados en la banca, Anabel como siempre ocurrente y divertida me pide que crucemos corriendo el regadío, que terminemos empapados, que sería divertido, yo le digo que no es buena idea, que nos soltarán a los perros guardianes, que vendrá la policía y nos llevarán presos a una comisaría por alterar la paz que se respira en ese parque. – Ya pues, niño, hay que hacerlo, no seas miedoso. Me dice desafiante mientras me palmotea el pecho y sus ojos se encienden de vehemencia y ansiedad. No, Anabel, tenemos que volver a la universidad y no vamos a llegar empapados. Le explico. – Hay niño, sólo es un ratito. Insiste.
Pero por hacer feliz a Anabel hago cualquier cosa, ella y yo somos dos niños y no me importan los perros guardianes ni la cárcel.
En eso suena su celular (con un sonido espantoso que ella le ha programado), es Martín. Le pregunta dónde está, ella le dice que está caminando hacia la universidad, pero no le dice con quien, él le dice que quiere verla, ella responde que en cinco minutos estará allá y en un santiamén se cancela todo: la hazaña acuosa, los perros guardianes, la policía y la cárcel.
Anabel me pide algunas fotos donde aparezca atractivo, le explico que eso es poco probable, que generalmente cuando alguien me retrata me exhibo desproporcionado y con cara de retrasado. Ella me exige que se las de, que no le importa mi cara de retrasado, que ya esta acostumbrada a esa cara. Le pregunto para qué las quiere. Me dice que las quiere publicar en su hi5, considero eso un bonito gesto de amistad y cariño y le entrego tres fotos (seleccionadas minuciosamente) donde luzco algo guapo o menos feo.
Ella las publica, las veo y me siento feliz, más aun mi felicidad llega a su cúspide y se consolida cuando noto que hay más fotos mías que de Martín, me produce una cierta sensación de triunfalismo agazapado.
A los pocos días quise acceder a su hi5, quise ver mis retratos plasmados en su preferencial sección de “amigos”, cuando ingresé no encontré ni una sola foto mía, las busqué y rebusqué, pensando en que quizás las había trasladado a otra sección no menos importante, pero nunca las encontré. Lo que sí pude encontrar con chocante demasía fueron fotos de Martín. Nunca me atreví a preguntarle a Anabel por qué quitó las fotos que con tanto esmero seleccioné para ella. Pero lo intuyo.
Ella practica karate, la felicito y le digo que está muy bien, que algún día tendrá que patear a su novio por controlarla tanto, ella no sabe si reírse y prefiere callar y hacerse la que no escucho nada.
Anabel me ha obsequiado un dibujo que ella misma ha hecho, antes de verlo me dice que me encantará, que es una excelente dibujante, toda una profesional, yo le creo, porque siempre le voy a creer a Anabel, cuando aprecio el dibujo le digo que está muy bonito (miento), ella me dice disgustada y de brazos cruzados que lo estoy viendo al revés, yo para recompensar mi ingrata falta, le prometo que pegaré su dibujo en la pasta de mi cuaderno mientras la abrazo agradecido. Ella señala que para eso me lo está regalando y que más adelante me obsequiará otro. Otro que nunca llegó.
Un día le envié muchos mensajes al celular, ella respondió a todos (como siempre lo hacía), eran mensajes juguetones y traviesos, inquietos y sinceros, ingenuos y delicados.
En la noche recibo una llamada a mi celular de un número desconocido. - ¿Pierre?, ¿eres Pierre? Pregunta un tipo amablemente. Sí soy yo, ¿con quién hablo? Respondo vacilante. – Soy Martín el novio de Anabel. Se hizo un silencio de extrañeza. Si dime ¿le paso algo a Anabel? Pregunto cínicamente. – No, no, ella está bien, sólo quería pedirte que dejes de llamarla y mandarle esa clase de mensajes a su celular. Quise decirle que ambos nos enviábamos mensajes, pero no me atreví, pensé en Anabel, no quise causarle problemas.
En eso hubo una interferencia con la señal del celular y ya no pude oír más las amenazas o tal vez insultos de Martín. A los cinco minutos recibo un mensaje de texto en el que me dice: Yo también soy hombre cuñao, yo también la he hecho, si en verdad eres muy hombre que esto quede entre nosotros.
Anabel desde aquel día estuvo ausente y esquiva, me encanta su imprudencia y su osadía, le encanta infringir las reglas, pero no con su novio, poco agraciado y controlador (actualmente me dejan por tipos poco agraciados y, actualmente eso me está empezando a preocupar). Le prometí que algún día escribiría de ella (como últimamente se lo prometo a todo el mundo).
Hace pocos días le envié un mensaje de texto a Anabel (desobedeciendo a Martín, que poco o nada me interesó su reclamo), quise saber cómo estaba, como le iba. Ella contestó después de treinta minutos, desde otro celular, con un mensaje lapidario. En el decía: que ya no la llame, que ya no le escriba, que dejemos todo ahí. Yo le respondí: Si quieres dejar todo ahí, está bien, cuídate mucho, saludos a Martín. Lo envié con irrelevancia, como si no me importara (mentí).
A veces pienso si Anabel aun extraña esas tardes, divertidas como ella, como yo extraño al niño que despertó en mi.
